Día Internacional del TDAH: qué pasa cuando el diagnóstico no llega hasta la adultez

La falta de información sobre la manifestación del trastorno fuera de la infancia y los mitos vigentes postergan la detección oportuna en miles de personas. El desconocimiento generalizado impacta de forma directa en el desarrollo académico, laboral, social y emocional de los pacientes.
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El diagnóstico del Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) no siempre llega en la infancia. Muchas personas atraviesan la escuela, la universidad e incluso los primeros años de la vida adulta sin saber que gran parte de las dificultades que enfrentan a diario responden a una condición del neurodesarrollo. Cuando el diagnóstico se retrasa, las consecuencias se extienden a distintos ámbitos de la vida.

En lo académico, resulta frecuente encontrar bajo rendimiento, deserción, cambios reiterados de carrera y dificultades para sostener una trayectoria educativa acorde al potencial intelectual. En el plano laboral, aparecen problemas para cumplir plazos y metas que terminan afectando el desempeño y la estabilidad. A esto se suman conflictos en las relaciones interpersonales, asociados a los desafíos en la regulación emocional, la impulsividad y la toma de decisiones.

“Sin una explicación para lo que les ocurre, muchas personas llegan a la adultez cargando una historia de fracasos reiterados y construyendo una imagen muy negativa de sí mismas”, sostiene la magíster María José García Basalo, neuropsicóloga y subdirectora de la Maestría en Neuropsicología Aplicada de la Universidad Hospital Italiano.

Frases como "soy vago", "soy un desastre", "soy irresponsable", "no termino nada" o "tengo potencial, pero no sirvo" son algunas de las explicaciones que suelen repetirse entre los pacientes. “El problema no es sólo el síntoma, sino la identidad que se construye alrededor de él”, profundiza la especialista.

Mucho más que un problema de atención

Aunque la sociedad asocia habitualmente al TDAH con la falta de atención o la hiperactividad, hoy se sabe que se trata principalmente de un trastorno de la autorregulación y de las funciones ejecutivas. Estas capacidades permiten planificar, organizar la conducta para alcanzar objetivos, administrar el tiempo, priorizar tareas, mantener la motivación, controlar los impulsos y regular la atención según lo que cada situación exige.

En la adultez, la hiperactividad característica de la infancia se transforma en una sensación subjetiva de "hiperactividad mental". Más que por la inquietud motora, las personas consultan a un profesional porque les resulta difícil responder a las demandas de la vida cotidiana: terminar tareas, manejar responsabilidades simultáneas, sostener el esfuerzo hacia metas futuras o regular la frustración que estas situaciones generan.

“Además, el TDAH coexiste de forma frecuente con otros trastornos, especialmente ansiedad y depresión. Cuando no se detecta a tiempo, aumenta el riesgo de desarrollar estas comorbilidades”, destaca García Basalo.

Los mitos que retrasan el diagnóstico

Por estas formas menos evidentes de presentación, todavía persisten ideas equivocadas sobre el TDAH que dificultan su reconocimiento y explican por qué muchas personas llegan a la adultez sin haber recibido un diagnóstico.

“Uno de los principales obstáculos sigue siendo la idea de que el TDAH es simplemente ‘el chico inquieto’ que no puede quedarse sentado en el aula. Sin embargo, muchas personas, especialmente mujeres, nunca presentan ese perfil: son chicos tranquilos que se distraen, se desorganizan, olvidan consignas o necesitan hacer un enorme esfuerzo para sostener la atención, pero que al no generar conflictos pasan inadvertidos”, explica el doctor Esteban Vaucheret Paz, neurólogo infantil y codirector de la carrera de Especialización en Neurología Infantil de la Universidad Hospital Italiano.

“También ocurre que algunos chicos compensan las dificultades durante años, especialmente cuando tienen familias muy presentes y docentes que acompañan los procesos de aprendizaje. Entonces logran funcionar, pero a un costo enorme: más cansancio, ansiedad y baja autoestima. Por eso, el diagnóstico muchas veces aparece recién cuando aumentan las exigencias de la vida adulta”, agrega el especialista.

En el imaginario social persisten otros mitos, como creer que quien puede concentrarse durante horas en una actividad de su interés no tiene TDAH, que se trata de una consecuencia de la falta de límites o de una mala crianza, que todos los casos se manifiestan de la misma manera, o que una persona con buen rendimiento escolar o alta capacidad intelectual queda automáticamente excluida del diagnóstico.

“A esto se suma la creencia de que el trastorno desaparece con la edad, o que recibir un diagnóstico significa ‘etiquetar’ a una persona, cuando en realidad permite comprender qué ocurre, acceder a un tratamiento adecuado y desarrollar estrategias para afrontar las dificultades cotidianas”, concluye Vaucheret Paz.

Recibir un diagnóstico y acceder al tratamiento adecuado marca un antes y un después. Y si bien muchos pacientes reciben esta respuesta con el dolor de lo que “podría haber sido de ellos” si se detectaba antes, también aparece el enorme alivio de encontrar una explicación para el origen de sus dificultades. A partir de ese hito se construye desde otro lugar, se reinterpreta la propia biografía y se desarrollan estrategias para mejorar la calidad de vida.

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